La tiranía de la meritocracia y el rol olvidado de la suerte
Septiembre, 2025
Bernardo Serrano Estrada
Actualmente, vivimos en una época donde escuchamos por todos lados frases como: si trabajas lo suficiente, si madrugas, si sigues los “7 hábitos de la gente altamente efectiva”, si “nunca te rindes”, el éxito llegará. Esta narrativa tan seductora nos hace sentir que tenemos el control de la vida, nos motiva, y alimenta la idea de que mientras lo desees todo es posible.
Pero, ¿realmente es así?
¿Y si el éxito no dependiera únicamente del esfuerzo y el talento?
La idea seductora de la meritocracia
La meritocracia nos habla de un mundo justo, donde quienes se esfuerzan más, llegan más lejos. ¡Y suena bastante bien ese “lugar utópico”! Uno donde nada interfiere en el camino al éxito: ni la clase social, ni el género, ni el lugar de nacimiento. Un mundo donde somos plenamente dueños de nuestro destino, y donde basta con nuestra capacidad y dedicación para lograrlo todo.
Pero en la realidad, la meritocracia a menudo ignora el punto de partida. No es lo mismo esforzarse desde un hogar rodeado de libros, internet o apoyo emocional, que hacerlo desde la carencia, la violencia o el hambre.
Como dice el filósofo Michael Sandel:
“La meritocracia puede convertirse en una forma de arrogancia moral: los exitosos creen que merecen su lugar, y que los que no lo logran, también merecen su fracaso.”
El papel real de la suerte
La suerte, ese concepto incómodo y muchas veces ridiculizado, está más presente de lo que nos gusta admitir. Por ejemplo, figuras brillantes con sus propias historias:
Elon Musk
Su padre, Errol Musk, era propietario de una mina de esmeraldas en Zambia. Elon no creció en la pobreza, y tuvo acceso a educación de élite y recursos económicos desde joven. Fundó sus primeras empresas con algo de capital familiar, y siempre tuvo una red privilegiada.
Bill Gates
Hijo de un abogado prominente y una empresaria, tuvo acceso a una computadora en 1968 gracias al colegio privado al que asistía. Su madre era miembro del directorio de IBM, lo cual influyó (indirectamente o no) en los primeros contratos que ayudaron a crecer a Microsoft.
Steve Jobs
Fue adoptado por una familia de clase media californiana en el centro mismo de Silicon Valley. Asistió a escuelas con alta exposición tecnológica. Su socio en Apple, Steve Wozniak, era un genio técnico con acceso a recursos gracias a su empleo en HP.
Jeff Bezos
Estudió en Princeton (una de las universidades más selectas del mundo). Sus padres invirtieron $250,000 en Amazon cuando él la fundó. También venía de un entorno estable y de alta exigencia académica desde joven.
Mark Zuckerberg
Asistió a una escuela privada muy exclusiva donde ya programaba desde los 12 años. Entró a Harvard, donde tuvo acceso inmediato a una red social influyente, recursos técnicos y humanos que impulsaron Facebook desde su origen.
Taylor Swift
Su familia se mudó a Nashville para apoyar su carrera. Su padre era ejecutivo de Merrill Lynch (banca de inversión) y compró parte de la disquera independiente que la firmó. Desde muy joven, tuvo acceso a estudios de grabación y contactos clave.
Malcolm Gladwell
Hijo de un matemático y una psicóloga universitaria. Creció en un entorno altamente intelectual. Aunque su trabajo es muy valioso, también fue favorecido por su red académica y conexiones en medios como The New Yorker.
Peter Thiel
Cofundador de PayPal y uno de los primeros inversionistas en Facebook. Estudió en Stanford y formó parte de una élite intelectual y financiera. Su acceso al capital de riesgo fue mucho más fácil por ese entorno.¿Fueron brillantes? Sin duda.
¿Pero tuvieron también momentos de “suerte circunstancial”? Absolutamente.
Como decía el economista Robert H. Frank:

Desmitificar al genio
Hay una frase que lo resume bien:
"No es un genio, es una persona genial con ideas geniales."
Esta frase no es un insulto. Es una forma de “humanizar” a esas figuras que solemos colocar en altares. No nacieron tocados por los dioses. Eran personas excepcionales, sí, pero también “productos de su contexto”, de sus relaciones, sus privilegios y, sí, de cierta dosis de azar.
Este enfoque “no disminuye su mérito”, sino que lo “ubica en una dimensión más honesta”. Al entender sus trayectorias completas —con talento, esfuerzo, pero también suerte— podemos dejar de verlos como “dioses” para verlos como “seres humanos extraordinarios”. Y en ese proceso, “nos acercamos más a ellos”, en lugar de sentirnos distantes por una brecha inalcanzable.
¿Y entonces? ¿De qué sirve el esfuerzo?
No se trata de resignación. La suerte influye, pero no lo es todo.
Incluso, en el póker profesional, no es suficiente la habilidad, sino la suerte juega un papel fundamental:
No puedes controlar el reparto de cartas pero sí puedes aprender a jugar la mano que te tocó de la mejor manera posible, y si juegas bien muchas manos a lo largo del tiempo, tendrás más posibilidades de ganar.
Conclusión: más comprensión y menos arrogancia
Aceptar la existencia de la suerte no disminuye el valor del esfuerzo; lo enriquece. Es mirar la vida con más honestidad, entendiendo que no todos jugamos con las mismas cartas. Es soltar el juicio fácil hacia quienes no alcanzaron el éxito, y reconocer —aunque incomode— que parte del nuestro también fue un golpe de fortuna.